El 23 de octubre de 2026 Japón hizo un anuncio que ningún jugador esperaba, pero todos entienden: Shigeru Miyamoto recibirá la Orden de la Cultura, la máxima distinción cultural del país. Será la primera vez en la historia que esta condecoración, instituida en 1937, recae en una persona procedente de la industria del videojuego. La entrega será el 3 de noviembre, Día de la Cultura, en el Palacio Imperial de Tokio y de manos del propio emperador. Miyamoto tiene 73 años y está a punto de cumplir medio siglo en Nintendo, la compañía a la que se incorporó en 1977. El padre de Mario y de Zelda entra, por la puerta grande, a la historia cultural de Japón.

Medalla dorada de honor frente a un palacio japonés al atardecer con elementos pixelados de videojuego, ilustración del premio a Miyamoto

Qué es la Orden de la Cultura (y por qué nunca la había recibido un creador de videojuegos)

La Orden de la Cultura no es un premio más en una estantería. Es la condecoración más alta que Japón otorga a quienes han contribuido de forma extraordinaria al desarrollo cultural del país, y su lista de galardonados recorre casi noventa años de escritores, científicos, pintores, músicos y cineastas. Hasta ahora, ningún desarrollador de videojuegos había entrado en esa lista, aunque el medio lleva décadas moviendo más dinero y más gente que el cine y la música juntos. El anuncio del Gobierno japonés cambia eso de un plumazo: por primera vez, el desarrollo de videojuegos queda reconocido expresamente entre las disciplinas que merecen esta condecoración.

El matiz importa. En 2019 Miyamoto ya había sido distinguido como Persona de Mérito Cultural, un reconocimiento importante pero de rango inferior. La Orden de la Cultura es el escalón superior, y que se le conceda a un creador de videojuegos es una declaración institucional: los juegos ya no son solo entretenimiento popular, son parte del patrimonio cultural de un país. Y si hay un país donde esa afirmación pesa, es Japón, la cuna de la industria moderna del videojuego.

En la rueda de prensa celebrada en la sede de Nintendo en Kioto, Miyamoto recibió la noticia con su modestia habitual: «Me siento verdaderamente honrado. Como siempre digo, no he creado todo esto yo solo, sino junto a muchas personas, así que pienso recibirlo en representación de todas ellas». Esa frase resume medio siglo de trabajo: el hombre que inventó a Mario insiste en que el mérito es colectivo.

La ceremonia del 3 de noviembre: qué pasará en el Palacio Imperial

El 3 de noviembre Japón celebra el Día de la Cultura, la fecha en la que tradicionalmente se entregan las grandes distinciones culturales del país. La ceremonia se celebra en el Palacio Imperial de Tokio, y la medalla la entrega el emperador en persona. No es un acto menor: la Orden de la Cultura se concede por recomendación del Gobierno tras un proceso de selección riguroso, y cada año solo un puñado de personas la recibe. Que entre ellas esté, por primera vez, un creador de videojuegos, dice tanto del galardonado como del momento que vive el medio. La prensa japonesa ya anticipa que la imagen de Miyamoto recibiendo la condecoración dará la vuelta al mundo, y no es para menos: es la foto que certifica, de forma oficial, que los videojuegos ya son cultura en el país que los convirtió en industria.

De los campos de Sonobe a la consola de todo el mundo

La historia de Miyamoto empieza lejos de cualquier oficina: en Sonobe, un pueblo rodeado de arrozales, bosques, montañas y cuevas. De niño exploraba esos paisajes sin mapa ni objetivo, solo por curiosidad, y esa sensación —la de doblar una esquina sin saber qué habrá detrás— se convirtió décadas después en el corazón de The Legend of Zelda. Cuando entró a Nintendo en 1977, la compañía todavía fabricaba cartas y juguetes; él llegó como diseñador y terminó redefiniendo lo que un videojuego podía ser.

El recorrido es de sobra conocido, pero conviene recordarlo en orden porque explica el premio. Donkey Kong (1981) presentó al mundo a un fontanero bigotudo llamado Jumpman, que luego sería Mario. Super Mario Bros. (1985) estableció buena parte del lenguaje de los juegos de plataformas modernos: correr, saltar, descubrir secretos, avanzar de izquierda a derecha. The Legend of Zelda (1986) hizo algo aún más radical: convirtió la curiosidad del jugador en el motor de la aventura, sin tutoriales ni caminos marcados. Desde entonces, Miyamoto ha seguido siendo una de las principales fuerzas creativas de Nintendo, con más de 300 títulos con su nombre entre los créditos.

Salón de videojuegos retro con consola clásica y pantalla con un mundo de plataformas pixelado, ilustración de la era dorada de Nintendo

«Más que cultura, algo cotidiano»: la frase que lo dice todo

Preguntado por la evolución cultural del medio durante estas décadas, Miyamoto respondió con una frase que vale más que cualquier discurso: «Más que haberse convertido en cultura, quizá los videojuegos se han vuelto algo cotidiano». Y añadió lo que más le enorgullece de su trabajo: que hoy conviven generaciones de padres, hijos y abuelos que han crecido jugando. Esa es la verdadera dimensión del premio. No se trata solo de ventas ni de nostalgia: se trata de que un medio que nació en salones recreativos ahora forma parte de la vida diaria de familias enteras, en Japón y en todo el mundo.

Por eso el reconocimiento llega en el momento justo. El debate sobre si los videojuegos «son arte» o «son cultura» lleva años dando vueltas en círculos, y Japón acaba de zanjarlo desde la institución más solemne posible. La Orden de la Cultura no se concede por popularidad: se concede por contribución cultural duradera. Y pocos creadores vivos pueden presumir de haber moldeado la imaginación de tantas generaciones como el hombre que dibujó a un fontanero saltando sobre tortugas.

La filosofía Miyamoto: que cualquiera pueda jugar

Si hay una idea que atraviesa toda la obra de Miyamoto, es que un videojuego debe poder disfrutarlo cualquiera, sin importar su edad o su experiencia previa. Esa obsesión por la accesibilidad explica por qué sus juegos se entienden en segundos y se dominan durante años, y por qué Nintendo, bajo su influencia, apostó por consolas como la Wii o la Switch, pensadas para jugar en familia y no solo para expertos. En la industria circula una anécdota famosa: cuando un juego no le divertía, Miyamoto era capaz de «volcar la mesa» —literalmente, dar vuelta al proyecto— y empezar de nuevo. Se le atribuye también la frase de que un juego retrasado puede terminar siendo bueno, pero un juego malo es malo para siempre. Esa exigencia, más que cualquier tecnología, es lo que mantiene a sus mundos vigentes cuarenta años después.

La prueba está en los números y en las salas de estar: Mario es uno de los personajes más reconocibles del planeta, Zelda redefinió dos veces el género de aventuras (primero con su mundo abierto en 1986 y luego con la libertad total de Breath of the Wild en 2017), y las sagas de Miyamoto han vendido cientos de millones de copias sin perder nunca su esencia: explorar, descubrir y divertirse.

El legado sigue más vivo que nunca

Lejos de ser un premio de despedida, la Orden de la Cultura llega mientras el universo de Miyamoto está en plena ebullición. Nintendo vive un 2026 de dominio total con la Switch 2, que no para de encadenar anuncios y lanzamientos importantes —en Ecuador Geek hemos seguido de cerca cómo Nintendo domina septiembre con anuncios clave para Switch 2—. Mario, por su parte, ya no es solo un personaje de videojuegos: su película superó los mil millones de dólares en taquilla en todo el mundo, como contamos en nuestra cobertura del fenómeno, y la primera película de The Legend of Zelda está en camino. El fontanero que nació en un arcade en 1981 hoy es una de las figuras más reconocibles del planeta, a la altura de cualquier superhéroe de Hollywood.

Héroe de videojuego con espada y escudo explorando un valle verde con montañas y un castillo, ilustración de aventura al estilo Zelda

¿Qué significa este premio para los que crecimos con Mario?

Para la audiencia hispana en Estados Unidos, este premio tiene un sabor especial. Muchos crecimos con un NES o un Super Nintendo en la sala, con primos y hermanos peleando por el control, con padres que al principio no entendían «ese jueguito» y terminaron jugando a Mario Kart en las reuniones familiares. La Orden de la Cultura es, en cierto modo, la validación oficial de esa infancia compartida: lo que jugábamos en la sala era cultura, aunque entonces no lo llamáramos así. Y no es casualidad que Mario sea, para millones de familias latinas, el primer personaje de videojuegos que todos —abuelos incluidos— reconocen al instante: sus juegos llegaron doblados y subtitulados, se jugaron en familia y se heredaron de una generación a otra como quien hereda una tradición.

También es un recordatorio de que los videojuegos no son una moda pasajera de una generación. Cuando el emperador de Japón le entregue la medalla a Miyamoto el 3 de noviembre, estará reconociendo casi cincuenta años de trabajo, pero también a los millones de jugadores que, en todos los continentes, aprendieron a explorar, a resolver problemas y a compartir tardes enteras gracias a sus mundos. El premio es para Miyamoto, sí, pero en el fondo es para todos los que alguna vez apretaron «start».

Un hito que cambia la conversación

A partir del 3 de noviembre, cada vez que alguien pregunte si los videojuegos son cultura, habrá una respuesta corta y definitiva: Japón, el país que inventó la industria moderna, le dio su máxima distinción cultural al creador de Mario. No hacen falta más argumentos. Y mientras tanto, el propio Miyamoto seguirá haciendo lo que lleva haciendo desde 1977: crear mundos para que otros los exploren, con la misma curiosidad de aquel niño que recorría los bosques de Sonobe.

Y tú, ¿cuál fue tu primer juego de Miyamoto? ¿El Mario original, un Zelda, un Donkey Kong? Cuéntanos en los comentarios cuál marcó tu infancia.

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Categorías: Juegos